“Si los gobiernos no pueden darle la mano al espíritu del amor, nosotros les demostraremos cómo”: La llegada del jazz a México

(Fragmento de mi libro Jazz en Gonzo)

El jazz en nuestro país se fue colando poco a poco, pero su propagación a paso lento y el apoyo limitado por parte de los grupos poderosos, de las formas sociales dominantes y de las industrias culturales, fenómeno que ha sido parte del jazz en cualquiera de sus formas, nos impiden abordar un amplio espectro de evidencias que profundicen en cuanto al origen y a la permeabilidad del jazz en México.

¿Dónde cuelgo mi letrero de “desempleado” que no sea en mi pescuezo? ¿Dónde cruzo que no me agarre la migra? ¿Dónde trabajo “que no me chingue la chota”, “me apañe la tira”, o como se quiera expresar? (Derbez, 2010, p. 31)

Antonio Sánchez y Tino Contreras eran los únicos jazzistas mexicanos que saltaban a la vista en la década de los setenta. La literatura beat efervescía en aquellos años, pero jamás se mencionó ni en revistas literarias mexicanas, sobre la existencia de jazzistas de origen mexicano. En el país, “¿se podían conseguir fácilmente discos de jazz en los setenta? ¿discos nacionales?” (p. 86). Derbez responde con una afirmación de Rius de 1984,

Resulta casi un insulto al fanático mexicano recomendarle determinados discos, ya que casi no llega a México nada de jazz, y si llega es a precios ultra prohibidos. Sin embargo, algunas disqueras “nacionales” han impreso grabaciones externas dedicadas al jazz. Ellas son Polygram (serie Pablo), Gamma (serie Los Grandes del jazz) y Columbia (serie Harmony).

¿Qué significaba esta mezcla tan extraña? Cómo era posible que el jazzista, melómano por excelencia, tuviese tan lejos la posibilidad de adquirir música, sobre todo debido a sus bajas ganancias y a los altos precios del producto. ¿Cómo conseguían esa música? Su misma temática fue apenas diseminada en revistas cuyos puntos de interés eran no el jazz en sí, sino otros géneros musicales o notas culturales enfocadas a horizontes distintos; en periódicos, que retomaban notas de agencias internacionales, apenas para avisar sobre conciertos, muertes de jazzistas, o películas relacionadas con el tema.

Más adelante, de acuerdo a Derbez, conforme se desdoblaba la sábana de los sesenta, la acción y reacción de las demás artes ante el jazz, significó que comenzara a ondear cada vez más fuerte, tanto en la televisión y el cine, como en los medios impresos. Los salones de baile, los bares y las tertulias de pintores y escritores, significaron un nuevo impulso, el cual reflejaría otra de las características actuales del jazz, al menos en nuestro país. Se trataba de la sincronía entre los pintores, que pintaban jazzistas, los fotógrafos que les buscaban, los escritores que relataban sobre ellos.

De esos días recuerda Agustín Lara en sus memorias publicadas por la editorial Domés (Agustín, reencuentro con lo sentimental):

En esa época México se vio de improviso completamente invadido por la ola del jazz, y el baile era la locura de la ciudad. No recuerdo que nunca se haya despertado en todas las clases sociales, y en una forma tan rápida y tan definitiva, una afición semejante. La transición del two-step al foxtrot obró el milagro. Todo el mundo bailaba… Yo recuerdo haber visto en la academia de Portillo viejos raboverdes tomando sus clases muy serios […] (Derbez, 2010, p. 187)

Derbez pregunta: ¿quién vive, quién ha vivido únicamente de hacer jazz en México? ¿se puede, se ha podido? (p. 241)

El mismo autor denuncia a través de varios testimonios de jazzistas y melómanos, la ausencia de lugares para tocar jazz en México y la dependencia hacia los pocos funcionarios políticos que han sido adeptos al jazz y, cuyo poder ha permitido sostener los pequeños impulsos que se le ha dado en nuestro país. Coté (2012) cita a Dizzie Gillespie: “si los gobiernos no le pueden dar la mano al espíritu de amor, nosotros le demostraremos cómo”.

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