¿Qué tanto aporta un género a otro? Reseña crítica del disco Otomí de Victor Patrón

El jazz ha atravesado distintas culturas, por lo cual se ha logrado también como híbrido de distintos sonidos que corresponden a los escenarios que ha tocado.

Victor Patrón, con su disco Otomí, recupera murmurios prehispánicos y los adapta a distintos trazos que sólo se logran a través del jazz de meditación*. Además, se puede leer un mosaico interesante de arreglos y de uso de instrumentos, desde una guitarra eléctrica que raspa en la acidez, percusiones y silbidos indígenas, percusiones de jazz, un piano maravilloso, voces prehispánicas intercaladas, el uso sorpresivo de la melódica, la vihuela y demás instrumentos, sumados a un tono de nostalgia crónica.

Se trata de un material cuyo objetivo es celebrar la existencia del pueblo otomí. Escucho que este álbum tiene grandes cosas y espacios creativos muy valiosos. Sin embargo, hay algo que quisiera poner en duda: ¿qué tanto aporta un género a otro? En este caso, la música indígena al jazz y viceversa, pues es claro que esta pregunta debe desglosarse a partir de cada producto musical en particular. El otro día preguntaba Gerry López, el director de la Orquesta Nacional de Jazz en México (ONJM), si la suma del jazz con el pop generaría una música de masas. Yo creo que, de principio, el jazz ha sido una música popular, ¿qué tal en los años treinta con las orquestas de Paul Whitman o de Fletcher Henderson? Aquellas que hicieron del jazz la música más cool y consumible de la época. ¿Qué tal si vemos la época de la famosísima caricatura Betty Boop, en las que muchas veces logramos escuchar a Cab Calloway? Y muchos otros ejemplos más. En fin, es obvio que Gerry se refería al género que hoy definimos como pop: un tipo de música sencilla, melódica y caracterizada por temas de corta duración.

A veces me da la impresión de que el arte que no es forzado es el que llega a marcar épocas e, incluso, culturas. En el caso del jazz, este se ha fusionado de manera maravillosa con expresiones como el tango, el bossa nova, la samba, el rock progresivo y demás. ¿Pero qué pasa cuando queremos hacer jazz-pop? Para empezar, ¿en qué consiste? Existe un video en el que nada más toman las letras de cierta canción de Justin Bieber y todo lo que suena es algo así como funk y jazz fusión; u otro en el que utilizan el título del Titanic para hacer de la letra de My Heart Will Go On un embarradero al swing que para nada se escucha como la música que se compuso originalmente. Interesante, tomar algo súper popular y transformarlo al grado de hacerlo desaparecer.

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Ahora, ¿qué pasa cuando en realidad se combinan géneros como en el caso de Otomí? Hay una parte de mí que está totalmente dispuesta a combinar artes, a crear estilos y, sobre todo, a hacer propuestas honestas. Creo que este disco está hecho con muy buenas intenciones. Sin embargo, no puedo dejar de sentirme ligeramente incómoda con esta fusión de sonidos indígenas y jazz, al grado de no saber si de fondo, en realidad, se raspa con la pretensión. En algún punto, escuchar Otomí me hizo pensar en Alice Coltrane o en Ravi Shankar, pues, aunque los conceptos son distintos en absoluto, existe un hilo espiritual que atraviesa sus composiciones, y que se puede sentir en algunos espacios de esta producción de Patrón; aún así, en la cuestión meramente musical y estilística existen fracturas y combinaciones que no creo que sumen, sino que contrarrestan. Creo que el jazz aporta desmedidamente a un género cuya verdadera gracia es el eco de la nostalgia por un grupo humano que no sabemos cuánto tiempo más ha de sobrevivir a la globalización.

Comprendo perfectamente el valor histórico de la existencia de cualquier grupo humano y la maravilla de poder documentarlo a través de distintos medios, pero me parecen también valiosos el hoy y ahora, el crecimiento y la evolución tanto en el pensamiento como en las artes. ¿Por qué habríamos de aferrarnos a una forma artística que ya cumplió con su función en algún momento? Hace unos meses, el compositor Miguel Almaguer me decía:

“Me parece interesante reflexionar sobre los orígenes: desde que la música no nace para llenar una necesidad del ser humano, nace para llenar varias. Cuando las tribus se reunían en sus rituales y había música, llenaban una necesidad dancística, una necesidad instintiva corporal, llenaban una necesidad religiosa, una de comunión social, intelectual, filosófica en la transmisión de conocimiento de la sociedad. Y conforme evoluciona la música estas necesidades se especializan y se separan: Hay música específicamente para bailar, hay música específicamente para socializar, hay música para transmitir ideas muy concretas, historias…”.

La cuestión aquí es que estamos en un momento histórico en el que ya estamos más conscientes de lo que sucede con la música. Sí, es un arte, es un fragmento de la humanidad que tiene más que ver con lo sublime y, en gran parte, con lo espiritual; pero si algo nos logra como seres humanos es nuestra capacidad de comprender y explicar con palabras qué es lo que estamos experimentando. Gracias a ello es que podemos decir si una música es valiosa y en qué sentido y cuál será la necesidad humana que pretendemos satisfacer con ella. No olvidemos que lo más valioso del jazz es que a modo de plastilina infinita, con la que han jugado los dioses del género, se han moldeado tanto los sonidos y los silencios, al grado de evolucionar en lapsos de tiempo cortísimos: en tan sólo un siglo el jazz evolucionó de manera abrupta al menos una vez por década, en promedio (y esto sin ahondar en los subgéneros y en los cientos de estilos que existen, yo puedo atreverme a decir que existe un estilo por músico en el universo del jazz). Es por ello que suma a sonidos como los que mencioné antes, la samba, el tango, etcétera. Es por ello que me acerco a la música otomí y no puedo evitar considerarla una herramienta bastante precaria, además que su lengua no es compatible con la fonética del jazz.

Me interesa mucho la parte incluyente de Otomí, el concepto de unir culturas mediante la música y la idea de enaltecimiento y respeto a seres humanos que han batallado más con la vida, lo cual ha sido una función importante del arte. Como menciona Eduardo Piastro (tomado de Estefan y Ferra, p. 58):

“Esto dice la UNESCO sobre el Jazz: • El Jazz rompe barreras y crea oportunidades para la comprensión mutua y la tolerancia. • El Jazz es un eje de la libertad de expresión.  • El Jazz es un símbolo de unidad y paz. • El Jazz reduce tensiones entre individuos, grupos y comunidades. • El Jazz fomenta la igualdad de género. • El Jazz refuerza el papel que juega la juventud en el cambio social. • El Jazz promueve la innovación artística, la improvisación, nuevas formas de expresión y la integración de músicas tradicionales en las formas musicales modernas. • El Jazz estimula el diálogo intercultural y facilita la integración de jóvenes provenientes de medios marginados”.

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¡Pero!, hay que pensar en el arte por el arte también, pues la condescendencia no nos ayuda a evolucionar y mucho menos en México, donde tanto se está luchando por una firma de autenticidad en el mundo del jazz. Reconozco que Patrón es un gran músico, es una maravilla escucharlo improvisar en vivo al piano, y creo que está cumpliendo con la función social que amerita el proyecto Otomí. No obstante, para ser brutalmente franca, creo que sólo la parte jazzística de ese disco es lo que salva dicha producción. Desearía poder fragmentarlo y dejar de lado la cuestión de las buenas intenciones para hacer a un lado la intrusión de los sonidos indígenas que le restan a un gran proyecto.

Está muy bonito lo que dice la UNESCO del jazz y estoy de acuerdo. Pero la función primera del músico es hacer música; con esta, de manera totalmente circunstancial, vienen los grandes aportes o las terribles fallas a la humanidad. No me canso de subrayar que entre más compleja es una música, más incide en el desarrollo de los procesos cognitivos de quienes le escuchan con atención. Por lo tanto, no vamos a diluir el jazz y mucho menos transformarlo en otra música utilizando su nombre, porque el principio mismo de este género es hacer música compleja, de estructuras que siempre son originales y que por su misma naturaleza están sujetas a una evolución constante. Ya tras este principio vienen por efecto dominó los aportes que en realidad se desprenden del jazz. El hecho de que éste haya tenido una función social en distintos momentos de la historia, no debe llevarnos nunca a confundir estos dos fenómenos, o a hacer de tal función social el primer objetivo del arte, porque no lo es.

*Con jazz de meditación quiero aludir a lo mismo que Alice Coltrane opinó sobre su álbum Universal Consciousness: “Este título significa realmente consciencia cósmica, autorrealización e iluminación. Esta música cuenta de los diferentes caminos y canales por los que tiene que pasar el alma antes de alcanzar el solemne estado de consciencia absoluta” (Berendt, 1986, p. 205).

Fuentes:

Berendt, Joachim E., 1986, El jazz de Nueva Orleans al jazz rock. Fondo de Cultura Económica.

Estefan, V. y Ferra, L. F., 2014, El jazz mexicano existe. Nota Dominante. IBERO.

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